Ada visita las piedras

Para Ada, no existe mejor momento del día que la hora de visitar las piedras.

Antes de ese momento, cada día es una serie de eventos apenas levemente conexo; es levantarse de la cama y abrir las cortinas, sentir el frío de la mañana en las mañanas que hace frío, o la calidez del verano — que pronto será intolerable y la obligara a dormir en el suelo — es, hacer el desayuno, una fruta redonda los lunes, una fruta alargada los martes. Sin frutas los viernes, que es cuando hasta los santos se permiten un desliz. Luego el baño, y la rutina, y la lista de cosas por hacer. El último elemento de la lista, es siempre agregar cosas nuevas a la lista.

Y cada día es como volver al principio y son todos iguales, pero a la vez diferentes. Cambian las cosas que viste, las cosas que come, el aire que respira y los paisajes que observa. Cambia ella misma, que algunos días se cree un poco más que puede, y otros parece lista para tan solo quedarse rendida bajo el sol. Cambia de forma su corazón, que en ocasiones parece estar demasiado incómodo en su pecho y desea con furia un escape definitivo, y otras veces es un dócil siervo que se limita a cumplir su función de latir, de mandar sangre a otros órganos vitales. A sus ojos que no se cansan de ver, a sus manos que entrañan ciertos tactos, que han aprendido a sentir el vacío y a darle forma. Le vuelve a doler el corazón.

No cambia el tiempo que se sigue moviendo hacia adelante, y no cambia ella, que a ratos suele quedar atrapada en esas extrañas cuatro paredes que pueden ser el pasado. Entiende que el pasado no es un monolito inalterable, algunos días los viejos recuerdos guardan ciertos sabores y revistar la memoria de una caminata en el parque sabe diferente los lunes a los domingos. Sin embargo Ada suele encontrar la forma de alejarse de tanto en tanto de la memoria, para eso tiene el presente y el presente es una lista de tareas, una ventana por abrir, basura por tirar y libros tardíos que retornar a la biblioteca.

El día transcurre, la mañana se va colando entre los dedos de las nubes y las horas de la tarde traen esa nostalgia que solo puede encontrar par en sonetos de Shakespeare, en corazones abandonados, en el deseo de Ada de ir a buscar a las piedras.

Las piedras… Cuando las horas de la tarde empiezan a cubrir de sus típicos colores el cielo, y los computadores en su casa empiezan a hacer los quejumbrosos sonidos del final de un día laboral, Ada sabe que es hora de visitar las piedras.

Todo comenzó una tarde como cualquier otra, quizás regresaba a casa con lágrimas en sus ojos o quizás una sonrisa tan honesta que haría sonrojar a un santo. En cualquier caso, el camino de regreso a casa ya era familiar para ella, lo sabe de memoria, puede recrear cada giro y cada paso de la larga caminata — porque omitiendo la razón, Ada suele tomar el camino largo — de regreso a casa. Camina sin distracciones más que esos pensamientos fugaces a los que es mejor no aferrarse por demasiado tiempo, no hay sea que una breve visita al pasado, un nombre en una pared o la nota de una canción, sean suficientes para conjurar un día de los malos. Donde respirar es más difícil, donde querer es un recuerdo.

Sin embargo, aquel día se permitió una distracción. Arrojada en el suelo una piedra del tamaño de una mano, de contextura lisa, en los bordes creciendo una pequeña capa de musgo verde. Y entonces su atención fue toda la piedra. Tuvo que detenerse y observar más de cerca, no puede apartar la mirada de la piedra, el sol se refleja sobre la breve capa de humedad que la cubre. Pequeños moradores del musgo se escabullen de entre sus madrigueras acaso para salir a saludar a la extraña que se atreve a interrumpir sus propias rutinas biológicas. Estira su mano en dirección de la piedra, a pocos centímetros de tocarla con la yema de sus dedos antes de que decida detenerse por completo. No, aquella piedra debe permanecer así, inmaculada e intocable, aquella piedra merece reverencia. Se ve en ella, piensa en las veces que ella fue una pequeña piedra. Acaso una molestia en el camino de alguien, acaso una distracción infranqueable, acaso un pequeño santuario para criaturas diminutas y motivos inexplicables.

Observa sus formas y sus curvas. La piedra tiene la forma de una coma, como para hacer una pausa, y no escapa a los ojos de Ada que aquella forma también puede ser la de una lágrima. Quisiera pasar sus dedos por aquellas curvas explorar la textura de la piedra y encontrar en ella sus propias formas y figuras. Quizás la forma como su cabello se curva en las mañanas, o la curva de sus pestañas rizadas o la poco saludable curva de su espalda al sentarse frente a su computador. Pero sabe que no debe hacerlo y la barrera invisible entre sus dedos y la piedra es imposible de romper, o por lo menos así lo siente. Así que se limito a observar, y dejar pasar el tiempo. Hasta que la tarde resolvió dar paso a la noche y una luna a medias le sirvió de compañía para regresar a la casa. Su cuerpo regresó, pero su mente se quedó en la piedra. recorriendo su superficie, imaginando que puede alcanzarla que las fronteras entre ella y lo inalcanzable se diluyen, como gotas de rocío que se evaporan temiendo al sol de la mañana.

Debe regresar. Debe regresar al día siguiente a dar una nueva mirada a la piedra. Tan solo se interpone entre ella y su destino, un día de trivialidades y realidades ineludibles. La taza de café, la espera del correo, las luces de un corredor pobremente iluminado, las inagotables hojas de cálculo, reuniones, correos, mensajes, llamadas, pausas, afanes, nombres y otras cosas más que componen esa lista siniestra del día a día. Ada regresó a visitar las piedras, día tras día. A las piedras porque está segura que aunque no pueda probarlo, aquella piedra es diferente cada vez, como lo es ella. ¿De qué otra forma explicar que en ocasiones ver la piedra evoque una nostalgia tan profunda que solo pueda atribuirse a un pasado inexistente? Y qué en otras ocasiones, que se sienta segura de verla brillar, de ver a los diminutos insectos que la recorren regresarle la sonrisa. No puede ser la misma piedra, seguro cambia como ella cambia, seguro dentro de su interior mineral se mueven cosas que Ada no entiende, pero puede sentir desde afuera. Ada regresa cada día y cada día debe marcharse pensando que quisiera quedarse allí, evocando sentimientos extraños desde el interior de la piedra. Evocando la tristeza cuando hace falta, cuando hace frío y las opciones son breves. O recordando cómo es que es eso del amor, y cómo es que puede transformarte la piel en el instrumento perfecto de comunicación.

Ahora, Ada regresa una vez al rincón del camino donde aguarda su tesoro. Está a unos cuantos minutos de la casa. Camina sin prisas. Se aseguró de dejar la puerta cerrada pero una ventana abierta, como soñando que si ha de volver a de ser volando.

El mundo se curva a su alrededor, las nubes en el cielo cobran formas espirales, lentos remolinos que giran en torno a un centro mítico, en torno a un poderoso eje de rotación. Ada camina y sueña con que flota, aunque sus pies no dejen el suelo. Sabe que en esta ocasión ha de ser diferente, lo puede sentir desde que salió de casa, no, desde el momento en que abrió los ojos ese día y se atrevió a imaginar lo que sería finalmente tocar la piedra.

La decisión no abandonó su corazón por el resto del día y con ese deseo ardiente en su interior dejó atrás su casa, y sus caminar se convirtió en paso rápido como si pudiera flotar como si sus pies pudieran dejar el suelo.

Está allí, de regreso a su lugar favorito del mundo. Y allí le espera, como le ha esperado durante todos estos días, en la paciencia de la eternidad mineral, y sus musgos curvos y diminutos habitantes inmaculados llaman de nuevo a la chica de la flor en el cabello.

Ada teme morir. Su corazón acelerado puede rendirse en cualquier momento, dejarla allí, sin el tiempo y la vida para culminar la tarea más importante de su vida. Respira, y logra encontrar en un largo suspiro ese ápice de paz que le falta para dar forma a sus acciones. Ada se agacha, apoyando sus manos en sus rodillas, los ojos fijos sobre la piedra, sus musgos, curvas y reflejos. Ada deja que sus dedos se desenvuelvan de su mano, como una rama moribunda que revive luego de recibir un poco de agua. Sus dedos inmaculados se posan finalmente en la piedra perfecta.

Sus pensamientos se congelaron. No hubo en ella espacio para más dudas, miedo, frío o nostalgia, todo ello reemplazado por aquella sensación de paz imparable, el mundo va haciendo silencio a su alrededor, las luces se apagan, los sonidos se hacen demasiado tímidos para entrar en sus odios, el viento ya no toca su piel ni su cabello, todo se detiene en un instante.

Y los pasantes que caminen desprevenidos por el lugar, verán la estatua de la joven que recoge del suelo una piedra, en su cabeza una flor amarilla y su cabello mineral para siempre congelado en el tiempo, fuera del alcance de la brisa y el tiempo. Y los caminantes que la vean, jamás se detendrán a pensar, del día en que Ada soñaba con visitar las piedras.

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Un blog de historias cortas.

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