Ada y el océano

Se escurre por el pasillo. Sus pasos ocultos por el sonido del viento que entra por las ventanas amenazando con apagar las antorchas que arden al interior del monasterio. Tonterias, cuando se ha visto que el viento le gane a la magia.

Sus medias blancas quedarán manchadas luego de la excursión. La brisa podrá no ser rival para las antorchas de aceite santo, pero la arena y suciedad que transporta son un obstáculo infranqueable para las lavanderías del monasterio al borde del acantilado.

El silencio constante de la noche, la luna sonriendo a medias, iluminando tímidamente el camino. Un pasillo más.

Golpea la puerta en la secuencia única que aprendió hace ya varias excursiones nocturnas.

— Pensé que no vendrías — — Responde la tranquila voz. Tranquila para ella que aprendió a encontrar calma y claridad en las palabras del joven monje.

— Tonterías ¿Qué más iba a quedarme haciendo una noche como la de hoy?

— Ah no sé, quizás las tareas, quizás …¿lo que sea que haya pedido Alamon? siempre hay algo, eso lo sé. De eso se encarga él con las novicias.

— Lo que sea que pretenda, no puede ser más interesante que esto.

Ada extendió su mano en dirección del joven monje. Él la tomó e hizo recolección de aquel gesto. En la literatura de los hombres del norte, la mano de la damisela es un requerimiento de permiso. Para los heraldos de oriente la mano extendida es el gesto con el que una reina da orden de muerte a un condenado, para los eruditos, aquella mano es la que será embestida con la santidad una vez terminados sus estudios, y en ella portan orgullosos el anillo de la ciudadela. Para él, aquella mano solo puede ser recibida con un gesto similar y no ha encontrado libro que le de explicación a las cosas que pasan por su mente cuando finalmente estrecha los dedos de Ada con los suyos.

La toma lentamente y la guía al interior de su habitación. La Luna hace presencia una vez más en forma de un reflejo contra la pared. Las velas inagotables arden en las esquinas del escritorio y el desorden de papeles indica que ha sido una ocupada noche de erudición. En solitario suele revisar documentos y papiros, por semanas y meses hasta que finalmente encuentra lo que busca. La receta de un antiguo elixir, el nombre de un viejo rey, o la rima de un poema que compartir al odio de una única persona en el monasterio.

— ¿Y bien? — Pregunta ella dirigiendo la mirada alrededor, buscando algo con sus inquisitivos ojos azules — ¿ Dónde está?

— Ah, ya decía yo que esto de recibir visitas en la noche no era por el deseo o placer de verme — Se sentó en su cómoda silla de escritorio, donada al monasterio por un señor menor y restaurada de la basura por un hábil artesano sin nombre.

— Bueno, bueno eso no es del todo cierto, pero bueno. Ya ves — Dijo con una breve sonrisa en sus labios mientras señala el techo. Y afuera del techo la Luna y las estrellas.

— Es perfectamente comprensible. Aunque preferiría pensar que vienes a mi no solo por mis libros raros.

— Tonto — Se levanto del puesto temporal que habia asumido en el borde de la cama y se dirigio al erudito. La falta de palabras de Ada es compensada por el secreto lenguaje de los signos que él descifró con tiempo y esmero. La dirección en la que miran sus ojos, las formas de sus manos y los sutiles movimientos de un mechón de cabello que se niega a ser domado. Los parpadeos lentos, la pausa entre las palabras y los silencios. Son todos los elementos que necesita para estar convencido de que le ama. Un breve beso en la frente y el joven erudito se hallará sonriendo el resto de noche.

— Muy bien, aquí esta entonces.

De los cajones, sacó el pequeño libro. Los ojos de Ada cambiaron de color de inmediato. Aunque en todo el mundo solo él pudiera apreciar ese cambio. Brillan ahora con la emoción de quien esta por descubrir un mundo inexplorado.

— Hace mucho frio afuera, quizás deberías dejarlo para después — — Protesto ligeramente el monje

— Imposible, debo saber — Respondió

— Leer bajo la luna es una cosa — Apuntó él

— Eso no es problema — -Alegó

— En los acantilados es otra muy diferente — -Continuó

— Da igual — Respondió Ada con desdén

— Y ahora que arrecian los vientos invernales…

— Debo saber — Hacerla desistir de la idea como esa sería imposible. Y sin embargo debe intentarlo, le gusta intentarlo. Escuchar a su retórica ser vencida por la absoluta terquedad de Ada. Terquedad o esa pasión incomparable que parece tampoco tener par en libros de historias y leyendas ¿Es tan única ella? probablemente no, pero es única porque es ella… que contrariedades se encuentra cuando la piensa demasiado. Es más fácil tan solo quererla.

— Muy bien, aquí lo tienes. ultimo capitulo ¿verdad?

Ada se apresuró a tomar el libro y pasar las páginas rápidamente antes de contestar la pregunta. Por sus manos se deslizan las hojas en las que reposan los misteriosos trazos. Imposibles de leer incluso a los ojos bien entrenados de los mejores lingüistas y eruditos. Aquellos trazos sólo cobran sentido cuando la marea es correcta y la luna sonríe a medias en el cielo.

— ¡Si asi es! … último capítulo… El príncipe… ¿la va a matar? — Preguntó sin mucho deseo, no es que quiera conocer la respuesta a su pregunta en esos momentos. Sin embargo la pregunta es obligatoria, el cuestionario previo a sus propias revelaciones. La anticipación, las pistas en los ojos del joven monje.

— Bueno…mejor y lo averiguas tú. Y así pronto me regresas mi libro. Y te quedas a pasar la noche aquí.

— Supongo que dependerá del final… si es demasiado triste, creo que preferiría quedarme sola — Sonrió

— ¿Que final te traería de regreso a mi?

— Uno triste también, del tipo de tristeza que requiere compañía.

— Algo me dice que te veré pronto de regreso — Optó por besarle la mano, Y con una sonrisa en los labios, Ada se despidió del joven monje, pensando en una boda quizás. Una boda para iniciar un motín, un motín para quemar un monasterio, y una ciudadela, y ver el atardecer mezclarse con el humo y las cenizas.

El camino a la salida le es familiar. Sin guardias ni puertas a su paso, total ¿Quién se atreve a salir a caminar en la noche, en un lugar donde las paredes tienen oídos? o los animales susurran misterios, o las antorchas guardan sombras y secretos… Ada, Ada sin miedo a las sombras y con un corazón ardiente en deseo del final de su historia.

El príncipe marchaba a la guerra. El reino de su amada al filo de la espada. Un padre imposible de complacer, rebeliones en campos sin nombres y un hombre que aprendió a hablar con las olas. El desenlace la espera, en su sitio favorito para la lectura de aquel libro indescifrable, escrito en el lenguaje del océano, imposible de entender si no se escucha con detenimiento las olas del mar, al tiempo correcto, y mientras la luna y estrellas están en posiciones apropiadas.

Pero hoy todos los cabos deben ser atados y sentada a la orilla del acantilado, los pensamientos de Ada regresan al mar. El sonido de las olas le llena, el ritmo de sus ires y venires empiezan a tornarse en el patrón que necesita escuchar, entender, hacer parte de ella. Inhala profundamente. Las páginas empiezan a cobrar sentido, bajo la luz de la luna media los trazos indescifrables se abren para ella y las palabras se empiezan a formar en su mente mientras sus dedos recorren los trazos circulares y la historias emergen de entre los remolinos escritos en tinta antigua.

El príncipe yace de pie en un jardín y la princesa le espera vestida de blanco sentada bajo un árbol. El día de mañana el ejército más terrible que haya visto la tierra asaltara las puertas del castillo, pero él aun conoce las entradas secretas y los caminos que llevan a ella. Y ella sabe como hacerle llegar el mensaje de que le espera, vestida de blanco bajo un árbol de hojas secas. El príncipe se acerca. Sin armadura, guardias o emblemas. Es tan solo él, y ella le llama sin hablar y él accede sin responder. Y …

Las olas rugen de manera inusual. Ada abre los ojos para encontrar un océano enfurecido, una marea que crece, en lo bajo del acantilado una ola desgarra un trozo de tierra. Una tormenta. Una como nunca ha visto… pierde la pista de la lectura, las hojas de papel vuelven a ser trazos sin sentido. No puede ser… la historia debe continuar. el océano debe traer las respuestas. Inhala, escucha y recupera las líneas una vez más, no sin notar un extraño crujido en el fondo de sus pensamientos como un silbido continuo que se intensifica con el tiempo. No importa.

El príncipe yace a los pies de la princesa. Sus palabras de perdón son sinceras, igual que sus lágrimas. Pero eso no cambia nada, mañana no quedarán más que cenizas del lugar, mañana la princesa será cautiva y una jaula negra y una vela le harán compañía hasta el día de la muerte.

Muerte. El trance termina una vez más, el océano furibundo se revela ante Ada y en la distancia puede ver, la monstruosa ola dirigirse al acantilado. No quedará nada. No habrá monjes, ni bibliotecas, ni bodas, ni motines. No habrá tiempo para despedidas.

El príncipe besa una última vez a la princesa. El sabor a sal de sus lágrimas se mezcla con el sabor a sangre en su boca. El cuchillo en su vientre, el vestido blanco de la princesa se mancha del rojo que gotea del interior del joven príncipe. Ella remueve el cuchillo con lentitud y le informa que lo siente, pero que si en realidad lo ama, aquello no es nada y el amor ha de superar a la muerte y encontrarlos de nuevo en un mundo donde las guerras sean solo mitos y los hombres demasiado listos como para aprender a forjar cuchillos. Cortó su propia garganta con celeridad, utilizó sus últimas fuerzas para buscar los labios del príncipe una última vez, que sus labios sellados con sangre serán encontrados entre las ruinas de un reino en llamas.

Es un final horrible. Es un final de los que requieren compañía. Piensa Ada mientras abre los ojos una última vez, para ver la enorme ola brillar sobre el acantilado, antes de devorar todo lo que le queda en el mundo. Cierra los ojos mientras se pregunta si será capaz de encontrarle en la muerte, mientras el océano le susurra con firmeza que todo estará bien.

En la distancia una luz se enciende. Bajo la sombra de la ola, una última plegaria es elevada al cielo, un monje dedica un último pensamiento a Ada caminante de las olas, mientras cierra los ojos y se pregunta si al dormir, sueñan los dioses con hombres temerosos y con mundos devorados por océanos indomables.

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Un blog de historias cortas.

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Andrés H.

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