Bruja

Es difícil vivir con la bruja.

En la mañana debo sentir en mi piel el calor del sol, y preguntarme si es el sol realmente. Y sin abrir los ojos empezar a elaborar preguntas y buscar conclusiones. Respirar profundo, mantener los ojos cerrados, recordar si dejé la ventana cerrada en la noche anterior, si las cortinas están en su lugar. Si lo están, es entonces menos probable que aquello que siento sobre mi rostro sea el sol. Recordar la época del año, es acaso el verano, cuando el sol raramente nos abandona y su brillo debe ser tolerado hasta las horas de la madrugada en estas latitudes, o es acaso el invierno, cuando la oscuridad es tanta que te hace preguntarte por el origen de la luz, y aprendes a apreciar más a las estrellas que se atreven a desafiar la noche y la luna que redonda no se intimida… y entonces recuerdas que no hace falta llevar los días en el calendario, ni contar meses en el año. Que aquel calor es inconfundible, porque lo sientes en la piel como una cálida brisa de verano y como una chimenea en invierno, como todo a la vez, a la vez que es indistinguible de todo. Y entonces se que la bruja está conmigo.

Despertar es fácil en aquellas circunstancias, es abrir los ojos y hacer preguntas. Es encontrar respuestas en el aire, como suspiros sutiles, e inhalarlos y hacerlos parte de mi. Eso es fácil, eso podría hacerlo todo el día. Cuántas cosas podría hacer todo el día, tendido desde mi cama, si tuviera la preciosa oportunidad de rendir mi vida y quedarme con la habilidad de pensar. Porque todo lo que necesito es pensar, pensar en el día en que te conocí, recordar que enero es un mes tan bueno como cualquiera para conocer a alguien, pero que a ti te vi en un enero tan frío que mis manos recuerdan el tacto del color morado. Pensar en cómo intercambiar palabras, cómo transformar la casualidad en entrevistas furtivas y como convertir pasillos vacíos en salones de reunión para siempre recordar, encuentros breves en una charla donde aprendo un detalle más y lo absorbo, y lo hago parte de mi, y sin que lo sepas, lo visto en mi piel como un tatuaje invisible, como una marca de nacimiento que descubrí el día que tus palabras se abrieron para mi. Abrir los ojos y encontrarte en un clase, a varios puestos de distancia en un salón frío, a un eternidad imposible de surcar, en el plano de las cosas que importan, pero que sin duda sabes que estoy dispuesto a iniciar el trayecto, a caminar hacia tí, aunque me cueste una vida, porque una vida es todo lo que tengo y si me atrevo a ofrecer menos que eso ¿Que puedo esperar recibir a cambio? acaso fragmentos de juventud, contadas noches bajo las estrellas de una misma estación invernal — porque los desamores siempre ocurren en invierno — acaso un alma quebrantada por un mundo que no se hizo para soñar sino más bien para sufrir, y que se niega a dejar un espacio para otra cosa que no sean amargos deseos y pensamientos febriles. A todo eso tengo que decirle que no, mientras escucho tus pasos alejarse por el pasillo y aprendo a reconocer la sonora cadencia de tus botas contra el suelo. Mientras aprendo que aquella cadencia es la de alguien que espera.

Y entonces abro los ojos y la luz del sol ha sabido jugarme una mala pasada. O acaso ha sido la bruja jugando juegos que no descifro. Pero me encuentro solo en una habitación, donde contar los objetos sobre la mesa puede dar razón del número de habitantes. La bruja ha jugado conmigo, me ha hecho despertar en medio de la noche, y afuera es tan oscuro que podría ser noviembre, aún cuando eso desafíe el calendario. El calor en mi mejilla se desvanece con el viento en la ventana, porque debo abrir la ventana y sentir la brisa fría en mi rostro y recordarme que no estoy durmiendo, porque es muy fácil engañarme cuando estoy dormido, sencillo hacerme creer que puedo volver a encontrar las cosas que perdí. Pero la brisa fría me recuerda cosas y la oscuridad de la noche me niega la vista más allá de unos cuantos metros en la distancia. Que dificiles son las noches sin estrellas, es difícil vivir con la bruja.

Volver a la cama, esperar unas horas más, con el corazón en la mano mientras observo con detenimiento la puerta de mi habitación. Porque se que allí afuera está la bruja, esperándome, como hace cada mañana. Me va a recibir con una cocina vacía, pero que guarda aromas reconocibles.

Como el aroma de un café frente a mi, mientras a unos breves centímetros de distancia tu taza de té humea desafiante y repulsiva. Y sobre los vapores, tu rostro, tu sonrisa enmarcada en las líneas de cabello que caen suavemente sobre tus mejillas. Porque juntos convertimos la casualidad en concertados encuentros, y las cafeterías de esta ciudad se convirtieron en el lugar donde empecé a darle forma a mis sentimientos por tí, a masajearlos, descifrarlos y a encontrar en ellos algo parecido al amor. Y ese algo empezó a ser una colección de cosas que me llevan de regreso a tu imagen, el aroma de las cafeterías para empezar, o de la lluvia y tierra mojada una tarde de jueves… más tarde fueron los bares donde unas cuantas bebidas hacían mi visión borrosa y manos temblorosas, pero mi corazón más fuerte en su obstinada determinación de quererte.

Pero en mi cocina ahora, no encuentro a la bruja. Como antes, se que debe estar por acá, hay tantas cosas que delatan su presencia. Hay una copa manchada de vino, unas latas de cerveza vacía. Una cubeta de huevos por vaciar y un par de cuencos de basura que podrían usar una visita al tiradero. Todo señales de la bruja, con las que debo lidiar día tras día. En ocasiones creo haberla visto dejándome notas en la nevera, o recibiendo mensajes en el teléfono, muchas veces tuve luego que pedir disculpas, excusarme en que no he sido yo quien ha ha contestado el teléfono, ha sido la bruja y sus respuestas a medias, o falsas en toda regla. Una o dos veces, colocando el correo en el lugar indicado y desechando la publicidad no deseada en la basura. No suelo leer aquellos mensajes, aún estoy convencido que, con todo y todo mi mejor curso de acción es evitar los consejos de la bruja. Escucharla es entrar en rincones oscuros, es relegar el control, escuchar palabras en mi oído que pueden llegar a dañar, es recordar las cosas que no quiero recordar, o que son muy difíciles, las fuentes de preguntas para las que que aún no tengo una respuesta, y aquella carencia de certeza se convierte en la única respuesta que le importa a la bruja.

Es recordar como el tiempo se nos fue pasando tan rápido, y como comenzamos a juntar meses — quizás años si uno es suficientemente valiente para hacer la aritmética — a las cuentas del tiempo que pasamos juntos. La bruja sabe que te vi crecer a mi lado en formas que nadie más podría explicar, porque aún cuando los amaneceres a tu lado se eran cotidianidad, siempre encontraba algo nuevo que descubrir en ti, en cada ocasión. Quizás menos emocionante que la primera vez que me contestabas alguna pregunta muy difícil con la honestidad de un santo, mientras una lágrima tímida iba a morir a tus labios, pero aun así invaluable como obras de arte en un museo, o como recibir una sonrisa sincera en tiempos de guerra desde el otro lado de la trinchera. La bruja suele recordarme estos momentos de una forma u otra. Un pocillo en particular, una esquina del apartamento en la que leías mientras no me quedaba más remedio que observar y hacerme preguntas sobre las cosas que jamás podré llegar a entender, sin importar los años que pase a tu lado. Y como aquello apenas importaba, porque amarte resultaba explicación suficiente.

La bruja me recuerda que el silencio de la casa era bastante tuyo, después de todo fue tu ambiente natural por mucho tiempo, en el creciste y para mi siempre fue un desafío abrir esa delicada frontera y preguntar por unos minutos de tu tiempo. Aún cuando tuviera la certeza de que esperabas por mi. La bruja bien lo sabe y por tal razón suele atormentarme ahora con el, el silencio se vuelve mi propia presencia insoportable, se vuelve viejos argumentos alimentados con la perspectiva del hoy, se vuelve compartir una sala con la nada, mientras en el dormitorio tu te haces preguntas y lentamente vas descubriendo la triste verdad: que yo no tengo esas anheladas respuestas. Quizás esos días de invierno fueron los primeros en los que comencé a ver a la bruja, observando mis pasos desde una distancia prudencial pero asegurándose de que notara su presencia, como una brisa nocturna tan sutil que nadie se atrevería a llamar viento, pero que nadie se atrevería a negar. Empecé a sentir frío, cuando dejabas la habitación, cuando no estabas en ella, empecé a encontrar mensajes ocultos detrás del orden de las cosas. Un salero que no regresa a su lugar, una compra urgente que se olvida, un mundo que poco a poco empieza a caer fuera de lugar. El silencio que llegamos a compartir, se tornó solo tuyo nuevamente, y tratar de desafiarlo parecía conducir a resultados abrumadores. Argumentos alrededor de la nada, pero que nos agotaban todo y con ello la lenta pero implacable realización de lo que ocurriría, aun cuando tratara de negarmelo a mismo. Cada dia, cada mañana al despertar y encontrar indiferencia, cada dia, al regresar a casa y sentir mis pies pesados a la hora de entrar al apartamento, como si dar un paso más, fuera imposible, como si fuera dar un paso a una dimensión donde las cosas se mueven de forma extraña, donde pierdo el entendimiento que alguna vez creí tener tan claro. Como un mago que pierde su poder en un acuerdo siniestro con una bruja, una maldición que solo el tiempo puede curar y cualquier intento de deshacerme de ella antes, tan solo retornará en algunas cuantas heridas más.

La cocina da lugar a otros lugares de la casa que puedo señalar y tener la certeza, han sido tocados por la bruja. La habitación de huéspedes que se convirtió en tu morada cuando dejaste de encontrar calor en mi habitación, el baño que aún guarda uno o dos empaques plásticos de extraños productos que usabas en las mañanas. El balcón que yace ahora sin plantas, y la puerta por la que tus maletas desfilaron por última vez, cargando posiblemente daños irreparables, heridas que hice por accidente, desde el silencio, la ignorancia o el olvido.

Es difícil vivir con una bruja. Pero debo hacerlo, ya que es todo lo que me queda de ti.

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Andrés H.

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Un blog de historias cortas.

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