Confesiones con un angel

— ¿Y alguna vez le dijiste lo que sentías? — Preguntó el ángel

— Claro que no. Pero ella sabía.

— ¿Cómo iba a saber?

— Siempre saben. Yo no estaba comprando chocolates para nadie más. Yo no estaba perdiendo el sueño por nadie más.

— Ella pudo haber contado los chocolates ¿Pero cómo sabría de las noches sin dormir?

— Siempre saben. Mis ojos eran más grandes al verla, mis ojeras más pronunciadas. Ella sabía. Ella preguntaba en ocasiones si dormía bien.

— ¿Que respondiste?

— Lo de siempre. Verdades a medias.

— Mentiras — — Pronunció el ángel

— Jamás podría haberle mentido. Pero era preferible guardarme cosas.

— ¿Por qué?

— Lugar y tiempo, lugar y tiempo. Nunca fue mi lugar, nunca fue mi tiempo.

— ¿Lo será?

— Esta vida ya se me acabo, después de todo por eso es que estoy hablando con un ángel. Le dije que dormía bien, pero que a veces era turno de las pesadillas.

— ¿Y que te dijo?

— Nada. Pero escuchó.

— ¿Importaba tanto?

— Era todo lo que necesitaba. Eso creía. De eso me convencí. Quizás me equivocaba

— Errar es de humanos — afirmó el ángel con certeza

— Arrepentirse también.

— ¿Te arrepientes?

— Es una palabra muy difícil. Me obliga a volver al pasado. Y eso no quiero

— ¿Por qué? ¿No la extrañas?

— Extrañar es imaginar que vuelvo a verla. Extrañar requiere acceso al futuro. Para extrañarla necesito algo que no tengo, su permiso.

— ¿Permiso?

— Necesito saber que se siente bien en mi. Que le hace bien saberse en mi recuerdo. Que las luces de la memoria que se apagan le traen también una sonrisa. Y eso no lo sé. No puedo extrañarla por eso.

— ¿Y quererla?

— Creo que eso si puedo, porque eso lo puedo hacer en el presente. El silencio siempre se me dio bien, en el silencio puedo quererla.

— Obsesión

— Lo dudo. No se vio mi rostro en callejones oscuros. No se vio mi imagen en cámaras de seguridad. No segui a nadie en la calle o el efímero mundo de internet. Guarde aquellas cosas muy bien para mi, solo para mi.

— ¿Por qué?

— Porque cada intento de ponerlo en palabras resulto inutil. Es imposible. Es demasiado abrumador.

— Te atreves a intentarlo una última vez, quizás sea la ultima oportunidad.

— Completamente aturdido, el amor dentro de mí, no puede salir en forma de palabras. Porque no hay palabras, porque todo se queda pequeño, todo parece tan profundamente superficial, vacuo, inconsecuente. Se me agotaron las palabras, se me agotó la vida y nunca pude juntar dos frases que hicieran justicia a las cosas. Que le hicieran justicia a ella.

— ¿Hay palabras ahora que ya no vives?

— No lo creo. Y espero también que no haya más tiempo. Que al final de esta entrevista pueda encontrar la nada. Que pueda soñar en un oceano de la nada.

— ¿ Y si dijera que no es así? Que hay un vida más allá de la muerte. Que los recuerdos se quedan, que las heridas permanecen. Los nombres no se borran, los lugares permanecen igual, las calles, los colores, los números y las estrellas en el cielo, que las cosas se rehúsan a morir no importa cuanto intentemos matarlos dioses y ángeles. ¿Qué harías si te dijera que todo es así?

— Tendría que irremediablemente, preguntar por ella.

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Un blog de historias cortas.

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