Contra reloj

— En 15 minutos me deja el tren.

— O puedes quedarte y tomarte otro trago conmigo — Ella lo decía con la sonrisa intacta, la sobriedad de una monja y la picardía del que sabe la respuesta que tendrá. Sus ojos negros y mirada eléctrica bajo las luces artificiales que pululan las noches de viernes en aquella capital europea. Sus labios tan rojos que demandan un beso lento, sus gestos delicados y ropas finas, que esconden detrás dolor, de ese que solo puede ser medido en el número de sonrisas falsas por minuto.

Él, observaba el reloj en su muñeca y veía uno a uno morir los segundos mientras piensa. Quince minutos no son suficientes para sopesar una vida, para recordarlo todo y tomar una decisión. Ya solo le quedan catorce. Mejor empieza el recuento, juntar memorias puede ser agotador y gratificante, sin embargo en esta ocasión no se dispone a revisar con cariño unas fotos de un viejo álbum, o las notas en un olvidado cuaderno, no , hoy no, hoy, y mientras el reloj avanza hasta la hora de partida del último tren, re contará en su cabeza los hechos que lo trajeron hasta aquí y con algo de suerte tomara una decisión que no le dolerá por el resto de la vida.

La conoció hace cerca de diez años, su nombre pronto se grabó en su mente y su rutina. Quizás el hecho de que en aquella tierra desconocida, aquel nombre le resultara tan fácil de recordar le pareció suficiente para ganar su atención. Era nuevo en aquel país y entonces cada piedra en cada calle era una novedad que ver.

Ella le recibió con una fría amabilidad que él ha pasado años intentando comprender. Aún así se enamoro de ella con la velocidad que caen las hojas en otoño. Sin prisas o apuros poco a poco convirtiendo la rutina en amor, dejando que el tiempo los envuelva, que la brisa del otoño les despeine en parques y avenidas, que las noches frías del invierno se tornen en camas compartidas, alarmas perdidas y amaneceres sin sol.

Hay quienes maldicen la rutina, y la culpan como la razón por la que se suelen acabar los amores. Suelen olvidar que el amor mismo requiere la rutina, el ejercicio constante de ser para otro, el verse día a día reflejado en los miedos, sueños y dudas de otro humano, tan vulnerable como el propio ser y con tanto poder de hacernos daño una vez le hemos abierto una puerta a nuestro corazón. En la rutina aprendemos amarnos. Te veo todos los días en la otra esquina del salón de clase, te invito un café los miércoles que sé que sales temprano del trabajo, te cuento otra vez ese viejo problema, te escucho una vez más y trato de entenderte de nuevo.

Ella dijo que si, que se casaría con el. Que la idea de pasar el resto de su vida juntos no estaba tan mal y que tenia todo el sentido del mundo. Ella le ama en verdad, quizás de una forma diferente que luego de casi diez años, él no comprende en su totalidad. Pero le ama, se siente que es tan feliz como debería y no movería una aguja en el preciso orden su vida.

Hicieron entonces esa vida juntos, esa vida que él se había soñado desde el momento en que dejo atrás su país y se movió a aquella capital europea. Esa vida poco impresionante para ella, pero feliz al fin de cuentas, feliz de encontrarse ligeramente menos sola por algunas horas al día.

Un apartamento pequeño que llamar hogar. Una rutina bien conocida todas las mañanas, una que otra planta en la ventana, condenadas a morir cuando alguno de los dos olvide regarlas, o una helada brisa de un invierno que se aproxima, les sorprenda con una ventana abierta.

Tomo algún tiempo, pero el pequeño apartamento se volvió una pequeña casa, y tomo otro poco más de marcas en el calendario, pero la pequeña casa se lleno de vida nueva. Un gato negro, un loro tímido y una pequeña niña de ojos azules a quien tanto él como ella aman por encima de todo.

Y así de fácil, parecen ser felices. Ella lo es, él lo es y la pequeña niña que hoy empieza a dar sus primeros pasos por la casa, se hace más familiar cada día al rostro de su padre, que suele ser el que primero se encuentra en las mañanas, y a la voz de su madre que en las noches le arrulla con canciones de un origen tan antiguo que podrían estar guardadas en museos.

Le cuesta demasiado trabajo encontrar el momento exacto en que todo aquello pareció dejar de ser suficiente. No es que haya dejado de amar a su esposa, o que quiera estar lejos de su hija… es tan solo que… no puede explicarlo, se haya en medio de las noches sin poder conciliar el sueño, sin dar con razones. Sin estar triste o feliz o insatisfecho, tan solo estar. Y de pronto tan solo estar es insuficiente. No se aguanta el peso de la ropa en las mañanas, el sol de verano le fastidia de más, el café de siempre sabe tan insípido que casi le es repulsivo. Pero aquello que le parece mas repulsivo, es sin dudas si mismo. No soporta un minuto a solas, porque a solas no le queda mas remedio que hacerse las preguntas que duelen ¿Por qué se siente así? ¿ Donde esta mi paz, donde se ha marchado aquello que me hacia feliz? Quisiera estar feliz, o triste o lo que sea, pero ese limbo tan extraño, le esta quemando por dentro.

Durante muchos años ha pensando, que en el momento que conoció a su esposa encontró las piezas de un rompecabezas que por mucho tiempo estuvo perdido y que cuando nació su hija todas las partes encajaron finalmente. Y sin embargo ahora parece que el tiempo las empieza a perder de nuevo. Incluso no hace falta que se pierdan todas las partes para que el rompecabezas deje de tener sentido, solo una, solo falta una, el problema es que sencillamente no puede apuntar cual es.

Y ahora algo le hace pensar que la pieza faltante llego en forma de aquella mujer, que espera por una respuesta sentada enfrente a él en aquel bar iluminado por las luces de neón que adornan la noche. Las mas reciente empleada en la compañía donde días tras día, el pasa sus horas ganando el sustento para un hogar. Su hogar, recuerda distraído.

Sus ojos negros contrastan de forma violenta con todo lo que conoce en una mirada, sus labios rojos le recuerdan la navidad, las bebidas azucaradas y el éxtasis de observar fuegos artificiales. Ella tiene algo, ella es algo nuevo, algo tan distante y dispar que no puede evitar querer acercarse más, tentar el sol, acercarse al fuego, poner a prueba sus alas de cera y verlas derretirse sorprendido, sin estarlo realmente. Fuego. Fuego extraño y atemorizante, que emana de su boca cuando la escucha hablar por el pasillo, o cuando por accidente la cruza en la entrada. Recuerda su nombre con una claridad fantástica, aquella claridad que le resulta familiar, como cuando estuvo perdido por primera vez en esa capital europea y aferrarse a nombres simples parecía la forma correcta de sobrevivir.

Ella le invito primero, y el después y por algunas semanas eso fue suficiente. Ella y sus ojos negros vieron en él sus propias piezas perdidas y quizás también le entendió un poco, o por lo menos él lo siente así. Alguien allí afuera se ocupa en entender como es que la vida le duele tanto. O por lo menos quiere creerlo así.

El tiempo se le agoto hace dos minutos y ya no hay trenes que le esperen, mientras guarda el reloj en su bolsillo y observa con detenimiento sus ojos negros, siente como el corazón se le acelera, mientras en casa, una inocente mujer duerme bajo el recuerdo de canciones antiguas como fósiles, abrazada a la noche como un marinero en el océano, que no espera encontrarse naufrago tras la siguiente ola.

FIN.

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Un blog de historias cortas.

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