Ejercicio

Cartas de cuarentena

Las mañanas resultan similares a las tardes. Las noches a las mañanas, las horas de las comidas no son claras y lo único que tengo seguro es que el canto de los pájaros de primavera indica que es tarde ya. Te juro que si no fuera porque mi celular me convence de lo contrario al revisar el calendario, creería que me que quedado estancado un día cualquiera de Marzo. Suspiro al recordar que no es solo mi caso. Nuestro mundo se puso en pausa, una pausa de esas aterradoras de película de terror, de esperar al asesino detrás de la cortina o la revelación al final del tercer acto.

Me apego a mi rutina nueva. Las 6 am son las nuevas horas de ir a dormir, la hora del almuerzo es cuando el humor me da para prender a un sartén y siempre es hora de un trago. Si me preguntas, poco me apetece comer y las saludables caminatas de las tardes se hacen más cortas con el pasar de los días. La barba crece, los días se hacen más largos y la amenaza de un solitario verano me quita el sueño — y hasta las ganas de escribir — Trabajo de las seis de la tarde hasta las dos o tres de la mañana y me tengo que tolerar a mi mismo por algunas horas más antes de que el cansancio sea irremediable y el canto de los pájaros en la mañana sea el último ingrediente para poder conciliar el sueño.

Creo que lo más cansino es tener tanto tiempo para preguntarme que hay allí afuera, aparte claro, de la plaga que amenaza terminar de devorar la vida que creíamos entender tan bien. Creo que irremediablemente y aunque me cueste admitirlo allí afuera hay demasiado aún, demasiado como para rendirse en estos momentos.

Estas tu por ejemplo, pero a eso volveré luego.

Familia, amigos, pasatiempos, pasiones, trabajos, estudios, carreras… todo parece un poco ausente de significado, si me lo preguntas ahora. Y quizás exagero o quizás estoy en lo correcto y en efecto estar vivo y “gozar la vida” es un artificio extraño para mantenernos en una extraña rueda, quizás el virus le mostró al mundo como todos remamos sin parar y sin saber para donde navegamos. Pero no estoy aquí para hacer una critica a lo que hay allí afuera — deudas, hipotecas, comidas costosas en restaurantes elegantes o una hamburguesa de McDonalds — Estoy aquí para contarte que resolví hacer ejercicio.

Todas las mañanas tengo que enfrentarme al espejo y observar mi rostro ponerse viejo. Es la barba, el mal sueño, la mala dieta y el no haberte visto en meses, todo junto solo contribuye a que me sienta cada vez más horrible. Aún así, al ejercicio al que me refiero esta lejos de obedecer razones estéticas. No persigo la figura de un modelo de calendario o la estamina de un corredor inagotable de maratón, esas son de las cosas que se quedaron allá afuera y que en realidad no me importan.

Tengo que practicar con calma y paciencia para cuanto te vea de nuevo.

Todos los músculos se atrofian si no los usas, el corazón no es excepción. Tampoco los son los músculos del rostro que se encargan de esbozar sonrisas y si las situaciones lo permiten reír a carcajadas. Hay que ejercitar las miradas cariñosas que podré compartir contigo una vez todo esto termine o comprender como es que se llena una ausencia de caricia.

Debo levantarme a diario y practicar mi reacción cuando por fin te encuentre de nuevo, buscándome en una estación de trenes abarrotada. Que el corazón no se olvide como es latir a 2000 pasos por segundo por un milisegundo, que la palmas de las manos no se olviden de ese sudor nervioso que precede la hora pactada o la mirada que busca en el color de tus zapatos el siguiente tema de conversación.

Puedes estar segura, que cuando esto termine, estaré en forma para estar a tu lado.

Andres H.

Mayo 2020

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Un blog de historias cortas.

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