Memoria

Recibió la carta de la baja con tranquilidad. Ya lo estaba esperando, después de todo durante los últimos meses, colega tras colega han ido abandonado las trincheras.

Ha visto las reacciones que los otros han tenido, buscando calcular como debería reaccionar él. Sin embargo no ha podido encontrar un patrón consistente que seguir. Ha observado compañeros llorar de emoción y alegría al saber que volverán a casa, a encontrarse con seres queridos. Ha visto a otros romper en llanto, para ellos la carta es solo el recuerdo de que nada les espera al regresar. La guerra ha sido tan cruel que mientras comandantes y discursos imperiales les convencen a diario, que luchan por defender el hogar y la patria; el hogar y patria de muchos ya fue consumida en bombardeos, saqueos, incendios y hambre. Algunos otros, reaccionan con el mismo estoicismo con él que han visto morir a cientos en escaramuzas de trincheras y emboscadas por caminos traicioneros. Se marcharán y se llevan con ellos las historias de una guerra tan extensa que parece que le dará la vuelta al tiempo, robandoles de la memoria del pasado y atormentandoles todo el futuro.

Y ahora que recibe su propia carta, se siente más vulnerable que estando bajo una lluvia de balas en medio de campos de guerra sin nombre. Deberá reportarse con sus pertenencias en horas de la mañana el día siguiente en la oficina del comandante en jefe — pone sencillamente comandante en jefe, se ve que esta es solo una plantilla de una carta genérica — donde se le otorgaran los honores correspondientes y se le dará finalmente la baja.

Es puntual una despedida, una último paseo largo por la linea de la trinchera que ha permanecido en silencio durante meses. En el lejano horizonte se observa el humo del campamento enemigo elevarse en largas y delgadas lineas negras al cielo, como los dedos de un ser moribundo que tratan de alcanzar una ultima caricia. Observa las banderas que ondean suavemente impulsadas por el incesante viento del otoño, se fija en su color… apenas y lo puede distinguir….

Cuantas banderas ha combatido en la larga guerra, se pregunta mientras trata en vano de contarlas. Recuerda haber disparado a soldados que lucían plumas rojas en sus cascos, y meses después compartir trincheras con los mismos, uniendo fuerzas para tomar por asalto las fortalezas controladas por hombres que vestían emblemas de oro y plata. Tiempo después los soldados rojos volvieron a estar en el objetivo y en esta ocasión las improbables fuerzas de los marineros libres lucharon de su lado. Los enemigos cambiaron de color tantas veces, los aliados también, al final, podría compartir trinchera con cualquiera, tan solo necesita que le digan hacia donde debe apuntar las armas.

Las reuniones de las mañanas, que en un principio habían sido adornadas de enérgicos discursos, recordandoles la gloria del imperio y del ejercito, también cambiaron. En algún momento lucharon por preservar el imperio y la ley, en otro momento por la gloria de la república, algunos años después las ideas ilustradas de la federación era la fuente de todo orden y regla. Los estados independientes, las repúblicas asociadas, las fuerzas rebeldes y finalmente la justicia misma. Mira su uniforme con detenimiento, tratando de recordar como era el primero que usó, en su primer día en la guerra. Imposible recordar, ha pasado demasiado tiempo y los colores, insignias y banderas, se han cambiado y mezclado demasiado. Lo que sí parece ser lo mismo es el olor a pólvora y muerte. El olor a hierro oxidándose en las trincheras, al mismo ritmo que los hombres se descomponen en vida, a sangre seca en vendajes improvisados y el aroma de la estación en la que se encuentren. Siempre hay heridas nuevas que sanar, aún cuando han pasado meses en esa posición y meses desde la ultima vez que se escuchó un disparo de cañones, la trinchera se cobra sus victimas de cualquier forma, extrañas enfermedades y más de un suicidio, se cuentan entre las causas de los decesos, ahora que la pólvora esta húmeda en ambos bandos y los cañones cumplen una función de adornar el panorama y recordarles que allí afuera les espera la guerra.

Camina por las trincheras observado con detenimiento a los otros soldados, y de repente siente que no pertenece allí. Carga en su mano la carta de la baja y el sello lo delata, los otros lo saben. Él ya no es uno de más de ellos, mañana volverá al hogar y todo lo que le quedará de este lugar sera memoria. Algún rostro familiar le hace un gesto y él lo regresa con cordialidad, algunos hombres hablan un idioma de que no conoce y él se pregunta también si su lengua habrá cambiando en todos estos años… se pregunta si le entenderán en casa, si la palabra que usa para decir amor seguirá significando lo mismo, o si, al igual que los discursos de reyes y generales, habrá cambiado para servir nuevos propósitos. Espera que no, aún cree recordar algo de lo que esas palabras más cálidas — y poco usadas en la guerra — significan, y más aún, una parte de él, arde intensamente por la oportunidad de ejercer su derecho a utilizar ese lenguaje ajeno a la guerra.

Regresa a su tienda de campaña, a dormir la última noche en el campamento. Bajo su almohada un libro que ha leído muchas veces y una foto vieja de un lugar desconocido — una casa, un patio y un árbol de manzanas — aquella foto la tomó del cadáver de un enemigo derrotado. En la guerra es común saquear soldados caídos. Apropiarse de anillos, cigarrillos y otras pertenencias. Aquella foto la tomó de las frías manos de un rojo; por la postura en la que lo encontró, supo que aferrarse con fuerza a aquella foto fue su último reflejo. La conserva para recordarse así mismo, para preguntarse de vez en cuando…¿A que tratare de aferrarme con fuerza cuando mis segundos estén por agotarse? Ahora que se marcha del campo de batalla, quizás tengan que pasar muchos años antes de poder darle respuesta a esa pregunta.

Pasa la noche sin sueños o pesadillas, y al día siguiente recoge sus pertenencias. Ninguno de los elementos que guarda en la pequeña mochila, era suyo al llegar, todo lo que ahora puede llamar sus pertenencias, ha sido el fruto de la guerra. Un amigo que presta una cuchara antes de recibir un disparo en la frente, piezas de ropa recolectadas y distribuidas a los soldados, algún diario escrito en conjunto por muchos hombres, insignias que le recuerdan los nombres de los lugares donde se libraron batallas victoriosas. Las veces que tuvo que volver derrotado, correr por su vida o vendar sus propias heridas bajo la luz de un farol que amenaza con apagarse en cualquier momento, no requieren souviniers.

Se dirige a la oficina del comandante en turno. Un hombre que luce como un comandante. Bigote y cejas pobladas, mandíbula cuadrada y en su uniforme las indistinguibles insignias de alto rango, estrellas doradas o alguna silueta de leones o águilas. Saluda con formalidad y el comandante le indica que tome asiento. Entre tanto revisa con celeridad uno de los gabinetes del escritorio y tras darle una rápida mirada, saca una carpeta de color marrón.

— Aquí esta la recompensa por su servicio — Indica con voz clara, mientras le extiende la carpeta.

La toma y al abrirla se queda mirándola por unos segundos en silencio, antes de decir una palabra. Mi nombre, susurra mientras mira los documentos. El comandante extrañado, se levanta de su puesto y le indica donde debe mirar en los papeles, más abajo de donde pone el nombre, una serie de honores, elogios y firmas de generales resaltando su invaluable labor de guerra. Pero él no puede dejar de mirar su nombre escrito en el papel, casi que ya ha olvidado como lucen las letras y ahora que recuerda su propio nombre, se siente un poco más preparado para volver a casa.

El comandante le pide una firma antes de despedirle, y le indica que un camión pasará por él dentro de una o dos horas y lo llevara a la estación de trenes. Entre los documentos se encuentra un pase de tren otorgado a perpetuidad por el rey. Perpetuidad o hasta que este viejo reino caiga de nuevo, se dice así mismo mientras se despide.

Los honorables hombres de guerra no mienten y el camión finalmente aparece por la carretera. Sin hacer preguntas el conductor detiene la marcha y le deja subir. Sabe quien es él, o mejor dicho sabe que quienes lo esperan en ese punto del campamento son los hombres que han dado de baja del ejercito. Dedica una ultima mirada larga al campamento. La trinchera enemiga y sus banderas aún son ligeramente visible, se pregunta si alguna vez vio un hombre en las campos enemigos que atacó y sencillamente no puede recordarlo. Solía hacer parte de las fuerzas de asalto encargadas de ocupar las posiciones enemigas luego de cargas de artillería. Vio muchos cadáveres en las trincheras, pero nunca hombres con vida. Quizás ha pasado años luchando con fantasmas.

Se queda dormido por el camino y cuando finalmente alcanzan la estación del tren, el conductor le despierta y le indica que debe bajar. Él agradece, mientras resiste el extraño impulso de abrazar al hombre, mejor se guarda los abrazos para cuando sea la hora de llegar al hogar. En su lugar extiende la mano y ese simple gesto es suficiente para confundir al conductor, quien finalmente retorna el gesto, antes de volver al camión y regresar por el mismo camino que los trajo aquí. Lentamente se pierde en la distancia… su último vinculo con la guerra, piensa ingenuamente antes de recordar que la guerra siempre vivirá con él, que no importa cuantos años pasen, su memoria estará por siempre ligada a los más terribles días en las trincheras.

Mira la lista de los trenes por llegar que se encuentra pegada en una pared, y es así como se da cuenta su memoria esta más dañada de lo que parece. Que los nombres de las calles y ciudades fueron completamente reemplazados por manuales para operar artillería, nombres de armas y tácticas militares. Que sera de mi ahora, se pregunta mientras lee una vez más los nombres de los destinos en la lista, sin saber hacía donde debe ir… exhausto y devastado, se sienta en el suelo y se cubre el rostro con las manos. Hace frio y la noche se aproxima, quizás deba sencillamente abordar el primer tren y tan solo alejarse de ahí, quizás eso sea suficiente quizás todo lo que necesita es marcharse de ahí y comenzar de nuevo… Ya no añora el hogar, añora la memoria, pero algo le dice la ha dejado enterrada en alguna fosa enemiga, mucho tiempo atrás.

Una mano se posa sobre su hombre, así como han hecho antes manos ajenas que buscan reconfortarle luego de perder un amigo. Levanta la mirada y se encuentra con una mujer que le observa.

— No hay porque estar triste, todos están perdidos — Le dice con una voz dulce, le recuerda a una brisa de primavera y por primera vez en Dios sabe cuanto tiempo, algo de paz nace en su alma.

— Tan solo quisiera recordar los nombres de las cosas — dijo él regresandole la mirada brevemente, antes de volver a mirar el tablero de las rutas solo para encontrar nombres de lugares que no entiende.

— Los nombres están ahí — dijo ella señalando con su dedo indice a su cien — solo necesitan un motivo para salir.

— No, los he perdido, así como un día perdí mi nombre.

— Ah pero ese también los recuperaste, esta en tu bolsillo ahora, y si eres cuidadoso no lo volverás a perder.

Metió la mano al bolsillo y sintió los documentos de su baja. Es cierto, recupero su nombre, puede que no todo este perdido puede que haya sentido en los nombres de las estaciones de tren y puede que alguien lo espere al final de la linea.

— Que debo hacer, quiero… recordar.

— Recordar no es suficiente. Un pájaro entrenado puede recordar, un dedicado estudiante puede recordar las capitales de todos los reinos del mundo, pero eso de que le vale. Cualquiera puede recordar que un gato es gato o un perro es perro, pero ¿quien puede llamarle mejor amigo del hombre?

— Si recordar no me basta… ¿Qué es lo que necesito? — cree saber la respuesta, pero necesita que alguien mas se lo diga. quizás son los años de entrenamiento como soldado, donde lo mas importante es seguir instrucciones.

— Recordar no es nada, lo único que resta es vivir. Y entonces la memoria volverá. Vuelve a amar, y entonces recordaras un beso de madre antes de la escuela, llora de nuevo y recuerda las viejas heridas con una sonrisa cándida. Pasa una noche en silencio y recuerda la angustia de la espera, canta una canción bajo un árbol y recuerda como es silbar como de las aves. Anda, que tu frágil memoria no te aguarda en el pasado, es tu recompensa por vivir.

El sonido del tren acercándose le saca de su trance y la visión desaparece. Tras el bufido de la maquinaria y el llamado de un operario aborda el tren, sabiendo que aquello que perdió ayer, solo puede ser encontrado en el futuro.

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Un blog de historias cortas.

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Andrés H.

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