Necromante

Te conocí caminando entre pasillos de un castillo magnifico. El que era tu hogar, y mio también, aunque en mi caso fuera provisional y no me perteneciera ni uno de los ladrillos color carmín.

Tu, la hija del envejecido rey. Yo el estudiante del viejo maestro alquimista de la corte, su aprendiz y único amigo. Princesa de cabellos dorados y ojos de plata, ojos de reyes. Los míos son los ojos de la fatiga y el cansancio. De escudriñar la biblioteca que tienes en tu castillo. La encuentro tan atractiva como tu.

No era tan difícil pensar que tu, joven princesa captaras la atención del estudiante empedernido. La biblioteca está en una torre y tiene ventanales grandes por los cuales observar a los jardines. Esos que solías pasear en las mañanas, en las tardes o cualquier momento. Y yo desde la torre, era capaz de poner en pausa mi lectura y observar, e imaginar; que te seducen los poemas antiguos que he leído, o que ríes ante una historia inventada y que tus ojos de plata se acompañan de una sonrisa de seda y eres feliz.

Me las arregle para conocerte, para dejar de ser un espectro taciturno, mudo y expectante. Para pasar a ser un amigo; nos cruzamos en un pasillo y te detuve.

Te pregunte si te podía hacer una pregunta

Y tu asentiste

Y luego te hice aquella pregunta

Y reíste.

Ya no recuerdo que dije o que dijiste pero recuerdo tu risa de princesa. Cuan pocos recuerdos precisos guardo ya… mi mente esta agotada y mi alma lejos de aquí. Cuanto cuesta encontrar las fuerzas para contar la historia.

Y entonces quedamos de vernos de nuevo, de convertir la casualidad en cuidadosa elección. En los días que siguieron pude comprobar la veracidad de la poesía y la narraciones de escritores muertos hace ya largo tiempo, que un plebeyo puede enamorar la realeza, que no hace falta que sangre antigua de reyes fluya por tus venas, para comunicar la calidez de un beso y reducir el titulo de princesa, a la más sencilla condición de mujer. Y mujer y hombre. Y ayer desconocida , hoy infaltable. Mañana, dolor agudo en las entrañas.

Y los días o semanas subsecuentes encontré en ti princesa la calidez del amor. Pasaba largas horas expectante ante la idea de encontrarte de nuevo y escribía poesía que luego desechaba. Distraías mi lectura de los sabios alquímicos y me hacías perder la cuenta en la preparación de delicadas muestras para mi mentor. Y él preocupado realizaba mediciones de temperatura sobre mí, solo para dar con el síntoma de fiebre y diagnosticar mala sangre por consumo de carne contaminada. Incorrectas deducciones de un sabio que no se acostumbra a estar equivocado.

Me deje llevar por la fiebre y los pasajes de poesía que acaba en la hoguera y seguía tras de ti. Y fue entonces que lo note, mientras mi felicidad solo iba en aumento, impulsado por la idea de ver a mi princesa, tus ojos exhibían una amargura tan terrible, un dolor que me perforó la calma. Vi tristeza en el castillo, no solo en las lagrimas que ahora parecían acompañar siempre a tus ojos de plata, vi tristes a los meseros del salón real, los músicos de la orquesta del rey solo tocaban melodías menores y los jardineros extinguieron con tijeras y picas una gran extensión del jardín interior del castillo. Había muerto el joven príncipe.

Si princesa, tu hermano menor murió mientras dormía. Los eruditos no encontraron una explicación, la tristeza te lleno a ti y al reino. Tu sonrisa se marchó. La plata de tus ojos de empezó a oxidar y tus cabellos dorados a tornarse grises por las puntas. Temí que enfermaras y murieras también, todos lo temían. Se hablo de plagas y de castigos, de dioses y de maldiciones… se hablo de horror. Y horror sentimos cuando un criado encontró la explicación que había eludido a los eruditos, un vial de veneno desechado en los jardines.

Y días o semanas después, nos fuimos a la guerra. Se culpo a uno o dos reinos vecinos, se enviaron emisarios que volvieron sin cabeza y luego marcharon batallones a recuperarlas.

Yo me quede, porque a los estudiosos se nos encomendó buscar la muerte de nuestros enemigos utilizando los libros. Los batallones aprendieron a usar nuestro fuego griego, ese que solíamos usar para mantener las velas de las salas le lectura encendidas toda la noche, y lo usaron para hacer arder campos enteros, colinas y praderas que no dejaron de arder ni bajo las lluvias mas fuertes. Les enseñamos el cóctel Anonita del sueño, ese que ayuda a descansar a un escolar demasiado preocupado para dormir bien. Y lo arrojaron sobre las defensas enemigas y los defensores tomaban una siesta, mientras los impávidos atacantes disponían sin trabas sus escaleras de asalto.

Acosado por el trabajo de encontrar nuevas formas de matar, me aleje de ti, y cuando finalmente pude volver a encontrarte en uno de aquellos pasillos, no pude creer en que te habías convertido.

Absorbida por la tristeza, tu cabello deslucido y una mirada que reflejaba nada más que un luto constante. Lagrimas secas en tus mejillas, lagrimas secan en las mangas de tu vestido de seda verde, y lagrimas frescas en tus ojos. Agotamiento en forma de largas ojeras, y el amor sepultado bajo la profunda capa de dolor y miedo. Te perdí. Te perdí para siempre y maldije entonces a la muerte, la muerte te convirtió en una sombra.

En una sombra que en lugar de encantarme, me atemorizaba. Se apoderaba de mi un terror tan profundo al ver tu nula reacción a mis besos o caricias, a mi más poderosa receta de magia, el amor. Te hiciste inmune a mí. Y entonces, yo mismo me convertí en una sombra.

No volví a pedirte que nos encontráramos de nuevo, sabia que irremediablemente te encontraría entristecida, me dedique de nuevo a la muerte, a los venenos para el ejercito y las ideas para matar. Y mucho tiempo más transcurrió o quizás no tanto, y entre esos días de no verte y de escudriñar los libros, encontré la respuesta a tu problema y el mio. Era evidente, solo tenia que encontrar el remedio a la muerte. Traer a tu hermanito de regreso y volver a verte sonreír.

El libro había llegado a mis manos hace muchos años, estaba en tu misma biblioteca princesa, esa desde la cual te veía, en la torre del castillo. Mi maestro me lo había entregado he instruido a guardarlo y no estudiarlo, que era un libro extraño y que el mismo no había podido entender cuando su maestro se lo heredo. El recetario del Necromante.

La antigüedad del libro es innegable y su contenido particularmente corto, con la indicación “esta es solamente una llave” en la primera página. Lo leí y seguí y como mi maestro y sus predecesores no vi nada más que una serie de extrañas recetas y rituales. Los hice. Reuní los elementos necesarios y espere a las horas indicadas, fui a el lugar señalado y recite los cantos. Nada ocurrió. Estoy seguro que quienes estudiaron el libro antes que yo, también intentaron seguir los ritos descritos, y estoy seguro que ellos fracasaron. Pero yo no.

Porque aquella noche, mientras estaba dormido y afligido por ti, recibí la visita de la muerte. Un hombre de nauseabundo hedor esperaba en mi recamara y cuando entre dijo:

Tu, que tienes asuntos lejos de aquí, tu viaje comienza

Apuñalo mi corazón.

Desperté entonces en una barca, en soledad. O eso pensé en aquel momento mientras mis oídos se llenaban de sonidos extraños, de lamentos y llantos, gritos de hombres, mujeres y niños. Y risas.

Aquel rio por el que navegaba era rojizo, no podría decir que era sangre, aunque tampoco puedo negar su presencia. la balsa se movía por si misma llevándome a la otra orilla y yo solo me podía preguntar si me encontraría a Virgilio.

Sabia muy bien donde estaba, estaba muerto. Había cruzado el umbral de los vivos, las palabras del antiguo recetario me habían conducido al Hades. Aún así algo dentro de mi me tranquilizaba, aun cuando el ruido del exterior era cada vez más intenso y aun cuando los agudos lamentos se convertían en las mas adoloridas suplicas y las mas terribles maldiciones, mi corazón guardaba la calma. En el fondo sabía que mi visita sería temporal. Que encontraría la puerta de regreso, esa que los muertos no pueden abrir, pues el tormento eterno les ha arrebatado hasta el deseo de huir.

No había señales del poeta. Pero si una puerta abierta. Entre, porque acaso que más podría hacer. Allí entonces la muerte se presento ante mi y me saludo con la cordialidad de un amigo largo tiempo perdido.

— Tu me llamaste — me indico.

— Yo nunca quise venir aquí, aquí da miedo — replique.

— Pero tu vienes de paso, porque ahora quiero llamarte amigo — contestó.

— ¿Amigo? — me asuste.

— Y de los mejores, de los que pueden tomar prestadas mis cosas — sonrió. Muy humana sonrisa para ser la muerte.

— Yo no quiero sus cosas, quiero volver — me alteré.

— Claro que si las quieres, para verla sonreír de nuevo.

Entendí entonces que aquello no era un sueño y que el recetario del Necromante tiene en efecto las recetas para visitar a la muerte.

— ¿Y entonces que deberé hacer? — pregunté.

— Volver, y guiar a los que volverán contigo — me contestó.

— ¿Quienes volverán? — quise saber.

— Los que desees, ahora te llamo amigo y lo mio es tuyo, hasta que llegue el momento de pagar el precio.

Y no me atreví a preguntar el precio. Tan solo desperté.

Entonces una extraña luminiscencia verde emanaba del libro, que descansaba sobre mi desordenada mesa, con sus paginas cerradas. Llamándome, le respondí y le abrí.

Allí, las paginas de poesía antigua y rituales secretos, abrieron para mi el camino al misterio final. Sigue el camino al cementerio, encuentra la tumba, espera por la hora precisa y aguarda atento a la señal de la luna, pronuncia las palabras con firmeza, sostén el libro en la mano derecha y dibuja en el aire los símbolos sagrados del pasado, siente la tierra temblar ligeramente y la luna esconderse, temerosa de saludar a la parca, siente el frio de la muerte que se aproxima, pero que no viene a llevarte, en su lugar viene a traerte algo.

Y observa entonces los ojos raídos y descompuestos del príncipe muerto, que se ha levantado de su tumba y que ahora te dirá maestro. Sin estar vivo, sin estar muerto. El príncipe que ella amaba, el hermano perdido a causa del veneno, vuelve a caminar entre nosotros.

Y yo, que mi alma he vendido y que el precio a pagar desconozco aún, me he convertido en el primer Necromante, y tu mi princesa, no quisiste volver a verme una vez te conté lo que había ocurrido, sencillamente te desmayaste una vez le viste, y yo no entendí como podrías estar triste, si había logrado lo imposible y tu amado hermano estaba de nuevo con nosotros, tal vez no vivo, tal vez no muerto, pero con nosotros.

Huí del castillo al día siguiente, que opción me quedaba ahora que habías contando nuestro secreto al sacerdote Nataniel, y que las antorchas eran encendidas y los pinchos era afilados, alistando todo para dar caza a aquel que se atreve a traer de regreso a los muertos.

Él quedo allí, guardado en aquel armario escarlata de mi cuarto, allí te espera tu hermano princesa. No podía llevarlo conmigo, después de todo lo traje para ti y nadie más. Cuidale bien, o mátalo de nuevo, no me importa lo que hagas, pero no olvides jamás que allí afuera estoy yo, y que te enseñe que incluso las cosas muertas pueden volver.

Y yo volveré a ti.

FIN

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Un blog de historias cortas.

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Andrés H.

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