Para almorzar

Solo tengo tiempo para almorzar.

Dijo terriblemente apresurada. Sobre ella pesaba una tonelada de aquel trabajo sin nombre, de copias de papel por destruir, de extraños agentes que quitan el sueño. Pero sobre todo pesaba un día más, un día sin nombre también, porque los nombres se diluyen en el tiempo y sólo el amor se atreve a recuperarlos. Era Mayo.

El dijo que estaba bien, porque en su mente todo estaba bien. Porque amar está bien, porque recrearla en eternos arcoiris está bien y que su nombre se combine con las estrellas está bien. Todo sin dudas está bien.

Creo que era Agosto, porque es el tiempo en que las nubes no esperan. Y el cielo despejado da paso a los afanes y los afanes a la pareja terrible que bajo la sombra de un paraguas se atreven a los pasos bajo el agua y las pisadas cobran la forma del afán, de adoquines adornados y de calles embarradas y de cada paso que sin miedo se atreve a pisar y en ellos, y ellos en algún lugar de una gélida ciudad, él pregunta por si aún tienen tiempo

Y ella responde que sí, que lleva el tiempo para almorzar, porque cualquier espera extra es demasiada, y cualquier recuerdo adicional, insuficiente. Solo tiene tiempo de almorzar.

Y él responde que los restaurantes son buenos, que los hombres ponen su esfuerzo, que el mundo no les recompensa lo suficiente y que todo aquello es una patraña tan terrible como poder darle forma a las cosas. Pero el curry está bien, y si te pica la lengua significa que estás con vida y si se te acaba el sueño, es mejor ya que no te perderás la luna. Pero el curry está bien y el mundo está bien y las nimiedades del infinito pueden esperar hasta la noche. Y en la noche las preguntas serán demasiado oscuras y la luna muy brillante como para dar lugar a las estrellas, y yo seré la mota sin nombre en el infinito y me agotaré hasta que aguanten las estrellas, acaso buscando el origen de esta pena. Pero te ahorro la condena y te digo que no somos infinitos. Que tienes tiempo para almorzar.

Ella insiste en lo limitado del tiempo.

Él insiste en lo limitado de amarla en silencio y asiente brevemente ante las afirmaciones de ella. Y ella solo tiene tiempo para almorzar.

Pero han pasado las doce de la noche y el universo y este mundo cruel se niegan a morir, han de vivir un nuevo día, y un sabio se perfila idiota ante un nuevo apocalípsis fallido.

Ella solo tiene tiempo para almorzar y él entiende que es todo lo que necesita. Porque el tiempo es mentira, porque lo real es amarla mientras se niega a observar los relojes y poquito a poquito convencerla de que le queda algo de tiempo después de todo, y un postre es menester y la cotidiana entrevista se convierte en un recuerdo más

¿Recuerdas aquella vez que fuimos por un café? ¿Y recuerdas el orden de las cosas y las mesas? Los cubiertos y los platos, el mantel vinotinto y la comida, las meseras afanadas, la comida que no llega, la espera ocupada en observar te, en hacerte memoria, que memoria es todo lo que me queda al final de día.

¿Recuerdas luego los atardeceres que nos tocaron? Las horas de observar el sol caer, teniendo la certeza de que está bien si no vuelve a amanecer, está bien si te quedas un poco más.

Recuerdas luego la lluvia imparable, el bus que no llega, la angustia de un mal día y como se evapora la tristeza en una palabra, o como es acaso el dolor exorcizado en un beso. Un beso, una tarde, un día en que el tiempo apenas y alcanza.

Espero que recuerdes que solo tenías tiempo para almorzar y que aún así, te quedaste conmigo.

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Un blog de historias cortas.

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Andrés H.

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