Conocer a Emily

De mi incompleto libro de relatos de ficción Conocer a Emily

Creo que desde pequeño me enseñaron el valor de hacer las cosas bien. Desde mi padre enseñándome la forma correcta de amarrarme los zapatos, hasta mi madre ilustrándome en el como sentarme a la mesa, como tomar un lápiz, una cuchara, o la forma correcta de realizar una oración antes de dormir.

Creo que nunca tuve problemas siguiendo las reglas y durante tanto tiempo, pensé, erróneamente, que eso me mantendría fuera de las mas duras consecuencias del mundo. Porque también desde pequeño vi — siempre a la distancia — las cosas horribles que el mundo tiene para ofrecer. Entregar mi documento a un policía cuando lo pide, observar dos veces antes de cruzar la calle, ejecutar mis tareas antes de la hora final y botar la basura en la caneca correspondiente — Que con el tiempo se ha vuelto una caneca verde para material orgánico — ser un buen ciudadano. Quizás no un buen ser humano, tuvo que pasar mucho tiempo para que entendiera que esas dos cosas no están tan relacionadas como parece.

Y creo que lo fui y aprendí a amarrarme los zapatos y llegar a tiempo a mis compromisos. No hablar fuera de turno ni alzar la voz demasiado. Ver con respeto a los ojos de la autoridad, reconocer la autoridad de hecho y rendir mis propios cuestionamientos cuando es debido. Ser un buen ciudadano.

Aprendí también a regresar una sonrisa y tender una mano cuando se necesita, a ver a los ojos de un amigo en apuros y saber que decir — eso no es tan fácil como parece, las palabras fáciles suelen ser las más hirientes, y muchas veces creo que no lo hago muy bien, pero intento — o, cuando fallan las palabras mitigar la distancia con un abrazo y una promesa. Aprendí también a reconocer la bondad y entender un poco mejor esas luchas y tribulaciones ajenas de las que nunca seré participe. Una cara larga en un hombre que toma el metro, una muchacha que lee un libro en silencio mientras su corazón está a punto de morir de desamor, un niño que llora en público y una agotada madre que lucha en vano por consolarle. Creo que aprendí que puedo ser ellos, todos y cada uno de ellos. Porque yo también he llorado, leído en silencio y regresado una mirada helada a un desconocido que por accidente cruza la mía. Creo que eso me ayudo a ser un mejor ser humano. Hacer las cosas que es debido. Vale la pena reconocer que no siempre es fácil, porque bueno, no dejo de ser un humano lleno de tantas fallas que la autoreflexion suele llevarme a una espiral de insomnio. Sin embargo creo que aprendí a hacer las cosas que debo hacer, hacer lo que es debido… lo que esta bien. Lo que haría quizás mi padre si se encontrara con un amigo en apuros, o mi madre tras escuchar una historia desafortunada en el teléfono.

Así que mi vida, se podría resumir en hacer las cosas que debo. Y esas cosas parecen estar enfiladas en una sucesión infinita, de la que no me librare jamás. Debo levantarme cada día debo responder los correos a tiempo y un largo etcétera que suele terminar cuando caen las horas de la noche — ahora que lo pienso eso tampoco es una garantía, después de todo también debo, dormir — Pero esta bien, supongo que aceptar ese hecho es parte de hacer las cosas bien.

De manera que así fue siempre, que así lo hice. Quizás todo comienza con la escuela, las primeras responsabilidades arrojadas sobre mis hombros. No son muchas y tampoco es que me incomodaran demasiado. O por lo menos no lo hacían, ahora que me siento a hacer este ejercicio de ver al pasado y pensar de nuevo sobre todas las cosas que hice bien, es inevitable pensar que pude haber hecho las cosas de una manera diferente, con resultados mejores y concluir entonces, que no hice las cosas bien, que no fui un buen estudiante aún cuando mis boletines de calificaciones — si es que sobreviven a el día de hoy — dijeran lo contrario. Pero creo que es puntual descartar esa idea, hice las cosas tan bien como pude, lo hice como me dijeron y en ocasiones recibí aplausos y felicitaciones. Marque mis cuadernos con margenes en lápiz rojo, dejando una hoja para el nombre y una hoja blanca antes de comenzar a listar los contenidos de cada curso. Utilice un lapicero de color rojo para los títulos y uno de tinta negra para escribir una pulcra — tan pulcra como podía — letra cursiva — que luego se me indico debía cambiar a letra tipo maquina, cosa que claramente hice — coloque el horario de clases en las pared de mi habitación, de manera que era en muchas ocasiones lo último que vería antes de ir a dormir. Asegurándome así de haber alistando mis cuadernos apropiados para cada día.

No es que no cometiera errores. Como cualquiera me salí de los margenes en más de una ocasión y en más de una ocasión olvide un cuaderno o deber, y sin embargo esos pequeños errores no manchaban el hecho de que yo estaba haciendo las cosas bien. Haciendo lo que se esperaba de mi, las cosas que serian celebradas por los mayores y más, y si eso es lo que los mayores — que suelen ser considerados los más sabios — piensan que es bueno, debe ser lo correcto ¿Verdad? De manera que me convertí el niño bueno y entonces se posaron sobre mi cargas y expectativas que creo que me pesan hasta el día de hoy. Pero esta bien, porque yo reconocía mi papel y lo jugaba bien. Yo hacía las cosas bien.

De manera que crecí sin meterme en demasiados problemas. Creo que eso era considerado ejemplar y mientras otros padres sufrían a la hora de controlar la hora de llegada de sus hijos a la casa, yo pasaba largas horas en en la mía, en mi habitación. Porque era lo correcto y también porque el mundo parecía aborrecerme un poco y para ser completamente sincero, quizás yo lo empecé a aborrecer también. Las razones de ese odio mutuo escapan de mi comprensión completa, pero en ocasiones puedo atribuírselo a esas cargas y expectativas que nunca pedí y que nunca solté. En su momento pensaba que yo era bastante diferente, que los otros estaban mal y que estarían mucho mejor si aprendieran a hacer las cosas de forma correcta. Desde llegar a casa a la hora debida, hasta leer los libros que los mayores consideran te harán más inteligente. Sin embargo, creo que el tiempo me ha sabido probar que aquellas ideas de blanco y negro son quimeras, y que al final de una vida de rectitud puede haber un trago tan amargo que sea imposible de pasar. Aún con todo, creo que es difícil tener arrepentimientos al respecto, porque bueno, hay ciertas recompensas en hacer las cosas bien ¿Verdad? de otra forma ¿por qué seguir las reglas? ¿Para que molestarse con atarse los zapatos de forma correcta en lugar de esconder los cordones bajo el talón? ¿Porque perpetuar las injusticias que ocurren en el mundo actuando como un observador preocupado? La respuesta no puede ser otra que la esperanza de obtener algo al respecto, una ventaja, un trofeo, una felicitación, un cartón que cuelga en la pared o una promoción y aumento. En cualquier caso, se me enseñó de niño que mis acciones serian recompensadas, sino en la tierra, en el cielo. Creo que eso también resulta incorrecto. O por lo menos, si alguien llegara ahora a ofrecerme una eternidad de cantos con los ángeles, tendría que declinar y ellos tendrían que entender que luego de una vida en la tierra, eso también es lo correcto.

Unos años más tarde conocí a Emily. Y reconocí en ella ese espíritu taciturno de largas noches sin dormir, el peso de un mundo de expectativas sobre sus hombros. La necesidad de hacer las cosas bien. Y ella las hacía. y al cabo de un tiempo, de conversaciones casuales que se tornan en secretos compartidos y sonrisas que viven en la retina por el resto del día, decidimos que podíamos continuar juntos. Así descubrí que es más fácil, que ella lleva sus cargas y yo las mías, pero que entre los dos aquel peso se reduce a una fracción, desafiando las convenciones de la física y matemáticas, uno más uno resulta en un número fuera del reino de lo cuantificable.

Los dos estudiamos con pasión. Tal vez nuestros campos e intereses no se intersectaban demasiado, pero siempre teníamos una palabra para el otro. Una pregunta curiosa que va un paso más allá de preguntar por como estuvo tu día, una pregunta que busca aliviar esa eterna de soledad de hacer las cosas como es debido, ese peso de llegar a casa y preguntarse antes de dormir ¿Para qué? ¿Por qué? y en esas entrevistas nocturnas aprendí a amarla. O por lo menos eso creía y ella lo creía también, porque una noche de verano y sin estrellas le pedí que se casara conmigo. Haciendo lo correcto una vez más. Y ella dijo que sí, porque eso es lo debido cuando se ama. O eso nos enseñaron algunos cuantos siglos de tradición. No es que sea profundamente crítico de la tradición, entiendo como algunos pueden ponerse a la defensiva cuando la misma se quiere cambiar, total en un mundo cambiante, la tradición parece ser un último refugio para entender, un lugar donde sabemos como funcionan las cosas. Llevar la mano al pecho al escuchar el himno nacional, ceder un asiento, decorar de esferas y luces de colores las escenas de la natividad. Ponerse de rodillas y elevar los ojos, esta vez no buscando las estrellas, sino los ojos brillantes de Emily. Encontrar su mirada expectante, sostener su mano temblorosa y recolectar memorias pasadas en breves sentencias, decirle que la amo de la única forma que me falta: pidiéndole que pase su vida a mi lado.

Esperar en pausa y obtener una respuesta. Las estrellas recobran su movimiento y en un beso lento sellamos nuestro destino. Era después de todo lo correcto, luego de varios años de vivir juntos, de discusiones triviales y breves heridas que solo ella podría sanar. Heridas solo para ella.

Supongo que debo decir que Emily esta muerta. Y lamentablemente la triste — y patética — reflexión de así es la vida se queda muchas veces corta para explicar las razones detrás del porque sufrimos. Y mucho menos ayuda a aliviar el dolor. Tuve que lidiar con esas explicaciones simplistas por mucho tiempo, en llamadas de familiares y amigos, en comidas con colegas, en mi mismo cuando pensar se hace demasiado cansino. Creo honestamente que ellos no trataban de negar mi pena, o pasarla por alto, sin embargo así es como se siente en muchas ocasiones. Y aquellas sugerencias o consejos suelen venir de un lugar de profunda preocupación. Sin embargo, no dejan de estar pobremente guiadas. Así es la vida, la vida sigue, si, pero ¿A mi que me importa qué así sea? ¿Que me importa reflexionar sobre la mortalidad humana pocos días después de que la he perdido para siempre? A ella, con quien quedamos de hacer una vida juntos, porque eso es lo que es debido, lo que esta bien, lo que se esperaba de nosotros.

Con Emily lo hicimos todo bien. Estudiamos carreras en grandes universidades, con prospectos brillantes — aunque esa definición cambie de acuerdo a quien le preguntes — luego conseguimos trabajos dentro de edificios enormes y luego promociones a sedes más imponentes, más edificios y más ventanas, rutinas de elevadores, reuniones y el sonido de un entorno acelerados, empujados cada día a seguir, empujados por el siguiente reporte de cierre de trimestre.

Adquirimos deuda y un apartamento. Dos gatos y un loro. un vehículo que aún me aterra conducir y un plan de vacaciones que nunca llego a materializarse. Hacíamos las cosas como es debido, como se espera de nosotros, y por eso se nos elevaba como ejemplo en reuniones familiares. Hicimos todo bien e igual perdimos, porque el juego esta perdido antes de empezar.

Las facturas medicas comenzaron a apilarse con velocidad, los intereses de las deudas empezaron alimentarse entre si y de repente, la vida que creíamos haber ganado mostró su verdadero rostro. Nada es de nosotros, nada nos pertenece y todo puede ser arrebatado de regreso a sus legítimos dueños — acaso bancos, acaso santos — para volver a tener las manos vacías y tener que preguntarse en silencio. El mundo afuera comenzó a hacerse más gris e indiferente y estoy convencido que uno o dos colores del arco iris fueron a morir el día que tuve que verla bajar a un descanso eterno y prematuro.

Hicimos todo bien, como se nos pidió, jugamos con las reglas del juego sin cuestionarlo nunca, pensando que hacerlo sería garantizar una derrota, seria perder. Igual perdimos, porque no hay forma de ganar cuando el enemigo es tan indomable, cuando el enemigo es la inevitabilidad, es no tener ningún remordimiento y aún así, estar seguro de haber perdido.

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Un blog de historias cortas.

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